Una península dividida y vigilada por Austria
La unificación italiana, o Risorgimento, reunió la mayor parte de la península en el Reino de Italia proclamado en 1861. Antes existían el Reino de Piamonte-Cerdeña, el Reino de las Dos Sicilias, los Estados Pontificios y varios ducados; Lombardía y Véneto estaban bajo dominio de los Habsburgo. Había una cultura italiana compartida, pero fuertes diferencias políticas, económicas y lingüísticas.
El Congreso de Viena de 1815 restauró dinastías y reforzó la influencia austríaca. Sociedades secretas como los carbonarios promovieron levantamientos, pero las revueltas de 1820 y 1830 fueron derrotadas. El problema no era solo expulsar a Austria: republicanos, monárquicos y federalistas discrepaban sobre qué forma debía tener Italia y quién debía dirigirla.
Mazzini convirtió la unidad en una causa popular
Giuseppe Mazzini fundó Joven Italia en 1831 y defendió una república unitaria basada en ciudadanía y movilización nacional. Sus insurrecciones fracasaron militarmente, pero difundieron un lenguaje político que conectaba independencia y participación. Para Mazzini, Italia no debía ser una ampliación dinástica, sino una comunidad de ciudadanos.
Ese proyecto chocó con conservadores, con el poder temporal del papa y con gobiernos que temían una revolución social. En 1848 estallaron levantamientos y Piamonte combatió a Austria, pero fue derrotado. La República Romana de 1849, en la que participó Mazzini, cayó ante tropas francesas. El fracaso mostró que el entusiasmo sin alianzas ni un ejército estable no bastaba.
Cavour internacionalizó el problema italiano
Camillo Benso di Cavour, jefe del gobierno piamontés, modernizó infraestructuras, finanzas y ejército. Envió tropas a la Guerra de Crimea para sentarse junto a las potencias europeas. En 1858 pactó en Plombières apoyo francés frente a Austria. La guerra de 1859 permitió obtener Lombardía, aunque Napoleón III detuvo la campaña antes de conquistar Véneto.
Plebiscitos incorporaron territorios del centro a Piamonte, mientras Saboya y Niza fueron cedidas a Francia. La estrategia de Cavour combinaba legitimidad monárquica, diplomacia y hechos consumados. No controlaba todo el movimiento: la iniciativa popular de Garibaldi iba a acelerar la unidad y obligarlo a reaccionar.
Mil voluntarios derribaron un reino
En 1860 Giuseppe Garibaldi desembarcó en Sicilia con poco más de mil voluntarios vestidos con camisas rojas. Aprovechó rebeliones locales y la debilidad del Reino de las Dos Sicilias, venció y avanzó hacia Nápoles. Su éxito fue espectacular, pero dependió de apoyos locales, deserciones y una estructura borbónica incapaz de recuperar la iniciativa.
Garibaldi era republicano, pero entregó sus conquistas a Víctor Manuel II para evitar una guerra entre patriotas y favorecer la unidad. El encuentro de Teano simbolizó esa subordinación. El Parlamento proclamó el Reino de Italia el 17 de marzo de 1861. Véneto, Roma y otros territorios seguían fuera: la fecha creó el Estado, no completó sus fronteras.
La unidad se completó gracias a guerras ajenas
Italia obtuvo Véneto en 1866 al aliarse con Prusia contra Austria. Sus propias fuerzas sufrieron derrotas, pero la victoria prusiana decidió la guerra. Roma permanecía protegida por Francia. Cuando la guerra franco-prusiana obligó a retirar la guarnición francesa en 1870, tropas italianas abrieron una brecha en Porta Pia y ocuparon la ciudad, que se convirtió en capital en 1871.
La anexión de Roma abrió la «cuestión romana»: el papa no reconoció la pérdida del poder temporal y se declaró prisionero en el Vaticano. El conflicto no se resolvió hasta los Pactos de Letrán de 1929. La unificación, por tanto, enfrentó proyectos nacionales con una institución religiosa de alcance mundial.
Crear el Estado no unificó a la sociedad
El nuevo reino extendió leyes y administración piamontesas a regiones muy distintas. La alfabetización era baja, la mayoría hablaba dialectos y las economías del norte y del sur seguían caminos diferentes. Impuestos, reclutamiento y represión del bandolerismo alimentaron rechazo en el Mezzogiorno. La famosa idea de que, hecha Italia, había que «hacer italianos» resume ese desafío.
El Risorgimento no fue obra de un solo héroe. Mazzini aportó movilización e ideal republicano; Cavour diplomacia y construcción estatal; Garibaldi fuerza voluntaria; Víctor Manuel II continuidad monárquica. Sus objetivos chocaban, y el resultado fue una monarquía centralizada, no la república social imaginada por parte del movimiento. Esa mezcla de cooperación y conflicto explica mejor la unidad que una historia lineal de destino nacional.
Quedaron además territorios de habla italiana fuera del reino, una cuestión que alimentó el irredentismo posterior. Al mismo tiempo, dentro de las nuevas fronteras vivían comunidades con otras lenguas. Esto muestra que unificar no consistió en dibujar una frontera lingüística perfecta. El Estado seleccionó símbolos, escuela, ejército y administración para construir pertenencia, un proceso que continuó durante generaciones y produjo tanto integración como resistencia.
El relato heroico y sus silencios
La memoria nacional convirtió a sus protagonistas en símbolos, pero la investigación también estudia coerción, desigualdades regionales y voces que quedaron fuera. Eso no niega la unidad: permite entender su coste y su complejidad.



