La ciudad de Ur: una metrópolis de barro en Mesopotamia

Por Equipo editorial de SimplaoActualizado el 27 de julio de 2026Lectura aproximada: 4 min

Ur prosperó donde el Éufrates conectaba campos, canales y rutas marítimas

Ur fue una de las grandes ciudades del sur de Mesopotamia, ocupada durante milenios cerca del antiguo litoral del golfo Pérsico, en el actual Irak. Fue puerto, centro ritual, capital política y hogar cotidiano. Su posición no coincide con la costa moderna: sedimentos fluviales y cambios de cauce transformaron profundamente el paisaje. Desde allí podía enlazar agricultura irrigada con transporte por río y comercio marítimo. El barro proporcionaba ladrillos; piedra, metales y maderas valiosas debían llegar desde regiones lejanas.

Los asentamientos del lugar se remontan al menos al periodo Ubaid, mucho antes de que Ur se convirtiera en capital. En el tercer milenio a. C. fue un centro sumerio poderoso, pero su historia no forma una línea continua de esplendor. Cambió de gobernantes, población, lengua y tamaño. La página de civilización sumeria explica el marco regional; Ur permite observar cómo esos procesos se materializaron en calles, templos, archivos y casas concretas.

El recinto sagrado concentraba culto, almacenes, trabajo y legitimidad política

La divinidad principal de Ur era Nanna, dios lunar, y su gran recinto dominaba el paisaje. Templos no eran solo lugares de oración: administraban tierras, bienes, talleres y personal. Miles de tablillas registran raciones, contratos, impuestos, ganado y transacciones. La escritura cuneiforme permite reconstruir una economía organizada sin imaginar que cada actividad estuviera controlada por una única institución.

Fuera del recinto se extendían barrios de viviendas de adobe, callejones, talleres y pequeños santuarios. Las casas podían organizarse alrededor de patios interiores y cambiar con generaciones. Comerciantes, artesanos, funcionarios, agricultores y personas sometidas a servidumbre formaban una sociedad desigual. Textos legales y cartas muestran deudas, herencias, matrimonios y disputas. La ciudad monumental era también un conjunto de vidas cotidianas que la lluvia y el tiempo borraron con mayor facilidad.

Ur-Nammu levantó una montaña escalonada de ladrillo para Nanna

A finales del tercer milenio a. C., el rey Ur-Nammu inició el gran zigurat durante la Tercera Dinastía de Ur. Su núcleo de adobe estaba protegido por una envoltura de ladrillo cocido y betún; escalinatas monumentales conducían a terrazas superiores. No era una pirámide funeraria. Formaba parte de un complejo religioso y elevaba el santuario, aunque la estructura exacta de su cima no se conserva completa.

El edificio visible hoy mezcla partes antiguas con restauraciones modernas, incluida una gran intervención del siglo XX. Nabónido, último rey neobabilónico, ya lo había restaurado muchos siglos después de Ur-Nammu. Esa larga historia importa: los monumentos mesopotámicos se reparaban, reconstruían y reinterpretaron repetidamente. Preguntar «cómo era el original» exige separar fases arqueológicas en vez de tratar cada ladrillo actual como si procediera del mismo reinado.

El cementerio reveló oro y música, pero también muertes que siguen discutiéndose

Entre miles de enterramientos, Leonard Woolley identificó en la década de 1920 un grupo de tumbas extraordinarias de mediados del tercer milenio a. C. La de Puabi conservaba joyas de oro, lapislázuli y cornalina, sellos y objetos ceremoniales. Liras decoradas, carros, armas y recipientes muestran artesanía y conexiones comerciales de enorme alcance. El título de Puabi en su sello aparece sin depender del nombre de un esposo, un detalle notable pero no una biografía completa.

Varias cámaras contenían numerosos acompañantes. Woolley imaginó una procesión que bebía veneno; análisis posteriores de algunos cráneos sugieren traumatismos y tratamientos de conservación, aunque no resuelven cada muerte ni todos los enterramientos. «Sacrificio humano» es una interpretación con evidencia, no una escena filmada. La disposición, los cuerpos y los objetos permiten reconstruir rituales de poder, pero el tiempo transcurrido y las prácticas de excavación tempranas limitan las respuestas.

Durante Ur III, la ciudad fue capital de un estado burocrático y expansivo

Ur-Nammu y Shulgi gobernaron un reino que controló gran parte de Mesopotamia. Estandarizaron administración, impuestos y trabajo, construyeron y mantuvieron canales y dejaron enormes archivos. El llamado Código de Ur-Nammu es una de las colecciones legales más antiguas conservadas. No fue un código moderno aplicado de forma uniforme, pero revela multas, estatus y una imagen de justicia real utilizada para legitimar al gobernante.

El comercio llevaba lana y productos agrícolas hacia el golfo y traía cobre, piedra y bienes de lugares identificados en textos como Dilmun y Magan. Los barcos conectaban Ur con redes que alcanzaban Arabia y posiblemente el valle del Indo mediante intermediarios. Esa apertura dependía de canales navegables y estabilidad política. Cuando rutas, cauces y poderes cambiaban, la ventaja geográfica de la ciudad también podía disminuir.

Ur cayó más de una vez y sobrevivió mucho después del final sumerio

El estado de Ur III colapsó alrededor de 2004 a. C. tras conflictos, presiones externas y problemas internos; la ciudad fue saqueada, pero no desapareció. Continuó habitada bajo dinastías y imperios posteriores, recibió restauraciones y conservó importancia religiosa. Su abandono definitivo llegó mucho más tarde, probablemente favorecido por cambios del río, comercio y condiciones regionales. Decir que «los sumerios desaparecieron y Ur quedó vacía» comprime más de un milenio de transformaciones.

Las excavaciones conjuntas del British Museum y Penn Museum, dirigidas por Woolley entre 1922 y 1934, recuperaron objetos espectaculares y una secuencia urbana extensa. También pertenecen a una arqueología colonial que repartía hallazgos y dependía del trabajo local pocas veces nombrado. Hoy el yacimiento afronta conservación, clima e historia política reciente. Ur importa no por una sola tumba, sino porque permite leer cinco milenios de ciudad, ambiente, poder y memoria en capas de barro.